El último paciente del jueves
No recuerdo el 31 de octubre de 2019 porque fuera una fecha especial en el calendario. Lo recuerdo porque era jueves. Y porque, desde ese día, él se convirtió en mi último paciente de los jueves.
Lo veía cada quince días, casi
siempre al final de la jornada, cuando el consultorio ya estaba en silencio y
el cuerpo empezaba a pedir descanso. Con el tiempo, ese horario dejó de ser un
dato administrativo y se volvió una especie de ritual: cerrar la semana
escuchando su historia.
Llegó aquella primera vez
acompañado de su hija. Venía con ideación suicida, aunque esa expresión, tan
precisa en los expedientes, se queda corta cuando uno la ve encarnada. Había
atravesado un divorcio reciente, consecuencia de una infidelidad. Pero más que
la ruptura de la relación, lo que parecía haberse quebrado era algo más
profundo: la idea misma de sentido.
-Todo por lo que trabajé ya no
vale nada -me dijo-.
- ¿Para qué seguir, si ya no
tengo con quién compartirlo?
No hablaba desde el enojo.
Hablaba desde el cansancio.
Ese cansancio que aparece cuando
alguien siente que ya llegó al final, aunque el cuerpo siga aquí.
Su hija había decidido quedarse a
vivir con él. Decía que su madre se había equivocado, que había traicionado a
su papá. No lo decía con rabia, sino con lealtad. Asumió un papel que no le
correspondía del todo: cuidar al padre cuando el padre ya no sabía cómo
cuidarse a sí mismo.
En la primera sesión hablamos de
la muerte, sí, pero sobre todo hablamos de la vida. Hicimos un acuerdo
sencillo: que no se lastimaría y que me daría tiempo para ayudarlo. No fue un
pacto heroico. Fue un gesto mínimo. Aceptó.
Recuerdo con claridad una
pregunta que le hice ese día. No estaba planeada. Apareció. Y con el tiempo
entendí por qué fue importante: porque las preguntas no sólo buscan respuestas,
también abren posibilidades.
Le hablé de los prisioneros
condenados a muerte, de sus últimas voluntades. De cómo, incluso al final, se
les concede elegir algo. Y luego le pregunté:
Si le quedara un mes de vida,
¿Qué haría?
Guardó silencio.
Y algo cambió.
No fue dramático. Fue visible.
Su postura se enderezó apenas.
Su mirada se movió distinto.
-Viajar – dijo-. Siempre quise
viajar.
Habló de Roma, de París, del
Vaticano. Y luego, sin contradicción alguna, habló de Guadalajara, de su
ranchito, de la birria y del pozole servido en un plato grande, con muchos
rábanos. Mientras lo escuchaba pensé que no estaba frente a un hombre que quería
morir, sino frente a alguien que había dejado de imaginar.
A partir de ahí, los jueves
comenzaron a tener otro tono.
Más que evitar que se quitara la
vida, mi trabajo fue ayudarlo a recordar por qué valía la pena vivir. No con
discursos ni con grandes propósitos, sino con pasos pequeños. Ridículamente
pequeños, a veces.
El primer mes fue lento.
Salir a caminar una cuadra.
Aceptar una invitación a comer
con su hija.
Llamar a un amigo que no veía
desde hacía años.
Cada quince días, al final del
jueves, hablábamos de lo que había funcionado. No de lo que faltaba. La vida no
regresaba de golpe; regresaba de a poco.
En el cuarto mes hubo una
recaída. Dudó de todo. Pensó que se estaba engañando, que la mejoría era
temporal. No lo contradije. Le dije que tenía razón: era temporal. Como todo lo
que está vivo.
Eso pareció tranquilizarlo.
Con el paso del tiempo algo
empezó a moverse. Volvió a reírse, no siempre, no mucho, pero aparecía. Se
inscribió a clases de baile. Dijo que no sabía bailar y que eso le daba
vergüenza… y emoción. Comenzó a hablar en futuro, aunque fuera un futuro cercano.
Tuvimos diez sesiones en total.
Diez jueves.
La última sesión llegó
especialmente contento. Me contó que había comprado los boletos para viajar a
Europa con su hija. Un sueño de toda la vida, por fin, estaba tomando forma.
Nuestra última sesión fue un
jueves a principios de marzo del 2020.
Hablamos de cierre, de darlo de alta.
De cómo ya no se sentía el mismo.
O quizá sí: se sentía como
alguien que había vuelto a retomar su vida.
Acordamos vernos una vez más. La
siguiente quincena.
En esos días empezaron a aparecer
noticias extrañas. Algo que pasaba lejos. Un virus con nombre raro. Decían que
no era grave. Que bastaba con lavarse las manos, no tocarse la cara. Que en
unas semanas todo estaría bien.
Luego empezaron las
recomendaciones.
Después, las cancelaciones.
Las videollamadas.
Los cubrebocas.
De pronto, las calles se
vaciaron.
Los consultorios cerraron.
La palabra distancia empezó a
significar otra cosa.
Pasaron semanas.
Pasaron meses.
Un día, su hija me escribió.
Su papá había muerto por COVID.
Pensé en Roma.
Pensé en París.
Pensé en el pozole que no llegó.
Me sentí profundamente triste.
Antes de despedirse, su hija me
dijo algo que no he olvidado desde entonces:
-Gracias. Por unos meses, volví a
tener a mi papá de vuelta.
Desde entonces pienso en lo
curiosa que es la vida. Cuando él quería morir, no pudo lograrlo. Y cuando por
fin quería vivir -cuando volvió a planear, a moverse, a ilusionarse-, la vida
se lo llevó.
La vida no siempre concede lo que
prometemos para después.
A veces sólo concede instantes.
Y a veces, esos instantes
alcanzan.
Por unos meses, el tiempo dejó de
ser espera y volvió a ser presencia.
Por unos meses, alguien que ya se
había ido por dentro regresó.
Por unos meses, una hija volvió a
tener a su papá.
Me gusta imaginar que, en algún
otro lugar (en otro universo, quizá) sí alcanzó a viajar.
Que camina despacio por una calle
de Roma con su hija.
Que se detiene frente a una torre
que sólo conocía en fotos.
Que se sienta a comer sin prisa,
como quien ya no huye de nada.
Tal vez no sea verdad.
Tal vez sea sólo una forma de
despedirme.
Pero si existen otros universos,
me gusta pensar que en uno de ellos
el paciente de los jueves llegó a
Europa.
Y que yo, desde aquí, puedo decirle en silencio:
Buen viaje.

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