Cuando las tijeras no sean suficientes.
Nunca supe qué enfermedad tenía Marcos. Solo sé que, de un día para otro, dejó de salir a jugar. Yo tenía ocho años, y él era mi mejor amigo. Antes de enfermar, pasábamos las tardes en la calle, corriendo y ensuciándonos hasta que nuestras madres nos llamaban a cenar. Pero entonces algo cambió. Marcos dejó de aparecer. Desde mi casa podía verlo acostado en su cama, con los ojos hundidos y fijos en la ventana. Algo lo observaba desde fuera. Su madre fue la primera en hablar de la lechuza. Contaba que, cuando la noche caía, el ave se posaba en la ventana de Marcos y permanecía inmóvil, como si aguardara algo. En la colonia decían que las lechuzas eran brujas disfrazadas, portadoras de desgracias. Mi madre solo murmuraba un rezo cuando oía esas historias, pero la mamá de Marcos aseguraba que cada vez que la lechuza aparecía, la fiebre de su hijo se disparaba hasta el delirio. La primera vez que la vi, comprendí lo que decía. Era hermosa. Blanca, de un plumaje tan pulcro que parecía brilla...