No viste nada.


Víctor, asustado, abrió la puerta para ir a ver de dónde procedía el ruido. Un crujido seco y una corriente de aire helado lo recibieron al otro lado. El pasillo estaba oscuro, apenas iluminado por la tenue luz amarillenta de un foco parpadeante en el techo. Las sombras temblaban en las paredes como criaturas espectrales.

Avanzó con cautela, sintiendo cómo el suelo de madera crujía bajo sus pies. En el aire flotaba un aroma extraño, una mezcla de humedad, polvo y algo más… algo difícil de definir, como si alguien hubiera dejado una cacerola de leche hirviendo hasta que se quemara.

El sonido volvió a escucharse, más fuerte esta vez: un golpe seco, seguido de un arrastrar inquietante. Parecía provenir de la cocina. Tragó saliva y, con los puños apretados, se dirigió hacia allá.

Al asomarse, el corazón le dio un vuelco. Frente al refrigerador, la puerta entreabierta y la luz interna titilando como si estuviera a punto de fundirse, algo se movía. Primero pensó que era una rata, pero no. Era más grande, con un cuerpo rechoncho y movimientos torpes.

Se acercó un poco más, entrecerrando los ojos para ver mejor. Entonces, la criatura se giró bruscamente.

Un aguacate.

Un aguacate con patas.

Víctor parpadeó. La cosa lo miraba con ojos diminutos y brillantes, como los de un insecto. En una de sus patas nudosas sostenía lo que parecía ser una cuchara.

El aguacate dejó caer la cuchara al suelo con un “clank” metálico. Luego, con un movimiento rápido y desesperado, se lanzó hacia el interior del refrigerador y cerró la puerta tras de sí.

Víctor se quedó inmóvil, sintiendo el sudor frío en la nuca. Escuchó un leve susurro desde el interior del refrigerador. Algo que sonó sospechosamente como:

—No viste nada…

Se quedó ahí un momento, sin saber qué hacer. Luego suspiró, cerró los ojos y regresó a su cuarto.

Ya lidiaría con eso mañana.




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