Cuando las tijeras no sean suficientes.


Nunca supe qué enfermedad tenía Marcos. Solo sé que, de un día para otro, dejó de salir a jugar. Yo tenía ocho años, y él era mi mejor amigo. Antes de enfermar, pasábamos las tardes en la calle, corriendo y ensuciándonos hasta que nuestras madres nos llamaban a cenar. Pero entonces algo cambió. Marcos dejó de aparecer. Desde mi casa podía verlo acostado en su cama, con los ojos hundidos y fijos en la ventana. Algo lo observaba desde fuera.

Su madre fue la primera en hablar de la lechuza. Contaba que, cuando la noche caía, el ave se posaba en la ventana de Marcos y permanecía inmóvil, como si aguardara algo. En la colonia decían que las lechuzas eran brujas disfrazadas, portadoras de desgracias. Mi madre solo murmuraba un rezo cuando oía esas historias, pero la mamá de Marcos aseguraba que cada vez que la lechuza aparecía, la fiebre de su hijo se disparaba hasta el delirio.

La primera vez que la vi, comprendí lo que decía.

Era hermosa. Blanca, de un plumaje tan pulcro que parecía brillar bajo la luna. Pero sus ojos… Sus ojos eran dos pozos oscuros, profundos, inhumanos. No era una simple lechuza. Su mirada me atravesó de tal forma que sentí que escarbaba dentro de mí, rebuscando en mis pensamientos más ocultos. Un escalofrío recorrió mi espalda, pero algo en mí—tal vez el niño valiente que quería recuperar a su amigo—me hizo reaccionar. Tomé una piedra del suelo y la lancé.

El golpe fue seco. La lechuza alzó el vuelo en silencio y, con un aleteo pesado, se posó en el balcón de mi casa.

A la mañana siguiente, la madre de Marcos le contó a mi mamá que había dejado unas tijeras en la ventana. “Para espantar a las brujas”, dijo con voz convencida. Y, sorprendentemente, Marcos comenzó a mejorar. Pasaron los días y volvió a jugar dentro de su casa, y pronto estábamos juntos otra vez en la calle, como si nada hubiera ocurrido.

Pero entonces la lechuza empezó a visitarme a mí.

Primero la vi en la cerca. Luego en mi ventana. Una noche desperté y la encontré en la puerta. Me observaba con sus ojos de abismo, expectante. No sé cuánto tiempo nos miramos, pero esa noche me enfermé.

Desperté con el pecho oprimido, con una sensación asfixiante, como si algo invisible se posara sobre mi pecho y hundiera sus garras en mis pulmones. No podía respirar. Mi madre me llevó al hospital, donde me dijeron que tenía asma. Me internaron una semana en el IMSS.

Cuando regresé a casa, Marcos me esperaba en la entrada. En su mano llevaba un pañuelo. Me lo entregó sin decir nada. Dentro había un par de tijeras azules de plástico, de esas con punta redonda que usan los niños en la escuela. “Ponlas en tu ventana”, me dijo.

No sé si fue el Salbutamol o las tijeras, pero comencé a mejorar. Y la lechuza… nunca volvió.

Hasta hace unas noches.

Han pasado 26 años, ya no soy un niño. Vivo en una ciudad donde los animales silvestres han sido desplazados por el concreto y el ruido. Pero al llegar a casa, vi una lechuza volar cerca de mi carro, siguiéndome con la misma mirada insondable de aquella vez.

Entré y mi esposa me dijo que nuestro hijo parecía enfermo.

No pensé. No lo razoné. Solo actué.

Fui a la cocina, tomé unas tijeras y las puse en la ventana de su cuarto.

A la mañana siguiente, todo estaba bien.

No sé si fue el metal frío de las tijeras, el instinto de un padre o simplemente la casualidad. Pero una parte de mí, la parte que aún recuerda esos ojos oscuros y esa presencia en la ventana, sigue preguntándose:

¿Qué tan real es este método? ¿Y qué pasaría si, algún día, las tijeras no fueran suficientes?




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