A la misma velocidad
Hace algunos años, una amiga me invitó a la quinceañera de su prima. Era en un ejido del valle de Mexicali, como a cincuenta minutos de la ciudad. El detalle no era la distancia, sino el camino: varios kilómetros de terracería, sin alumbrado, sin señal… puro desierto. La fiesta fue normal. De esas que empiezan con cierta formalidad y terminan con música más fuerte, gente riendo y el aire cargado de polvo y cerveza. Yo tomé un par, suficientes para sentirme relajado, pero no lo bastante como para confiarme al volante. Así que, cuando decidimos irnos, serían como las dos y media de la madrugada, ella manejó. Al principio, todo bien. Yo iba cambiando estaciones de radio, buscando algo decente. Pero en cuanto agarramos la terracería, la señal empezó a fallar. Estática, fragmentos de canciones, silencio… lo normal en esa zona. Lo que no era normal era la sensación. No sé cómo explicarlo bien. No era miedo. Era más bien esa incomodidad rara… como cuando sabes que algo no está d...