A la misma velocidad
Hace algunos años, una amiga me invitó a la quinceañera de su prima. Era en un ejido del valle de Mexicali, como a cincuenta minutos de la ciudad. El detalle no era la distancia, sino el camino: varios kilómetros de terracería, sin alumbrado, sin señal… puro desierto.
La fiesta fue normal. De esas que empiezan con cierta formalidad y terminan con música más fuerte, gente riendo y el aire cargado de polvo y cerveza. Yo tomé un par, suficientes para sentirme relajado, pero no lo bastante como para confiarme al volante. Así que, cuando decidimos irnos, serían como las dos y media de la madrugada, ella manejó.
Al principio, todo bien. Yo iba cambiando estaciones de radio, buscando algo decente. Pero en cuanto agarramos la terracería, la señal empezó a fallar. Estática, fragmentos de canciones, silencio… lo normal en esa zona. Lo que no era normal era la sensación. No sé cómo explicarlo bien. No era miedo. Era más bien esa incomodidad rara… como cuando sabes que algo no está del todo bien, pero no puedes señalar qué es.
El cielo estaba completamente despejado. Las estrellas se veían tan claras que casi parecía que iluminaban el camino. Aun así, todo lo demás era oscuridad. Y entonces lo escuchamos. Primero pensé que era el viento. Un sonido bajo, irregular. Pero luego volvió. Y ya no parecía viento. Eran… llantos.
Muy suaves al inicio. Como si vinieran de lejos. Pero no de un solo punto. De varios. Como si hubiera más de una persona llorando… pero sin desesperación… sin gritos… solo un lamento constante. Sentí que el estómago se me apretaba.
—¿Escuchas eso? —le pregunté.
Ella no respondió de inmediato. Solo apretó el volante. Yo intenté bajar un poco el vidrio, pero en cuanto moví la mano, dijo:
—No.
Así, seco.
—No lo abras.
Algo en su tono me hizo detenerme. Seguimos avanzando, y los llantos… se acercaron. No es que subieran de volumen exactamente… es más bien como si el carro se estuviera metiendo en medio de ellos. Como si estuviéramos atravesando algo. Y entonces, los golpes.
Uno. Luego otro. Secos. Claros. Demasiado cercanos. Giré la cabeza, pero no alcancé a ver nada. Solo oscuridad.
—¿Qué fue eso? —dije.
No respondió.
Otro golpe. Esta vez del lado de mi puerta. Como si alguien… o algo… estuviera corriendo junto al carro.
—Detente —le dije—. A lo mejor—
—¡No! —me interrumpió.
Fue la primera vez que levantó la voz.
—No voltees. No abras. No me hagas detenerme.
— Y aceleró.
El motor rugió más fuerte, y por unos segundos pensé que lo que fuera que estaba ahí se quedaría atrás. Pero no, los golpes siguieron. Ahora en diferentes partes del carro. Puertas. Cofre. Incluso en el techo. No eran aleatorios. Era como si varias cosas estuvieran ahí afuera. Acompañándonos.
Sentí que la piel se me erizaba completa. Ya no quedaba ni rastro del alcohol. Solo una claridad fría. Y entonces, igual de repente como empezó… Se detuvo.
Entramos a la carretera pavimentada. Las luces amarillas de los postes aparecieron una tras otra. Y el silencio regresó. Mi amiga no bajó la velocidad hasta que estuvimos completamente dentro de la ciudad.
Ninguno dijo nada. Ni en el camino. Ni al llegar a su casa. Pero cuando nos bajamos del carro… ahí estaba.
El carro estaba cubierto de tierra, como era de esperarse después de la terracería. Pero encima de esa capa… había manos. Muchas.
Palmas completas, bien marcadas, como si alguien hubiera presionado con fuerza, en las puertas, en el cofre, en el techo. No eran manchas. No eran huellas borrosas. Eran manos, demasiadas para ser una sola persona.
Mi amiga dejó escapar un sonido… no sé si fue un grito o algo que se le atoró en la garganta. Corrió por la manguera sin decir nada y empezó a lavar el carro con una desesperación que no le había visto nunca.
Yo me quedé ahí, parado. Mirando.
Tratando de entender, pero lo peor… no eran las manos.
Era esto:
Las huellas no estaban arrastradas. No había marcas de que alguien hubiera sido empujado por la velocidad. Estaban firmes, parejas.
Como si… quien las dejó… hubiera ido caminando junto a nosotros.
A la misma velocidad.
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