El último paciente del jueves
No recuerdo el 31 de octubre de 2019 porque fuera una fecha especial en el calendario. Lo recuerdo porque era jueves. Y porque, desde ese día, él se convirtió en mi último paciente de los jueves. Lo veía cada quince días, casi siempre al final de la jornada, cuando el consultorio ya estaba en silencio y el cuerpo empezaba a pedir descanso. Con el tiempo, ese horario dejó de ser un dato administrativo y se volvió una especie de ritual: cerrar la semana escuchando su historia. Llegó aquella primera vez acompañado de su hija. Venía con ideación suicida, aunque esa expresión, tan precisa en los expedientes, se queda corta cuando uno la ve encarnada. Había atravesado un divorcio reciente, consecuencia de una infidelidad. Pero más que la ruptura de la relación, lo que parecía haberse quebrado era algo más profundo: la idea misma de sentido. - Todo por lo que trabajé ya no vale nada -me dijo-. - ¿Para qué seguir, si ya no tengo con quién compartirlo? No hablaba desde el enojo. Habl...