Aprender de lo que funciona
Durante mucho tiempo se nos ha repetido una idea que suena sensata, pero que merece ser revisada: aprendemos de nuestros errores. Sin embargo, algunas investigaciones en neurociencia y biología del comportamiento muestran algo distinto. Los monos, por ejemplo, parecen aprender más de sus aciertos que de sus fallos. Las conexiones neuronales se fortalecen cuando realizan una tarea con éxito; cuando fallan, no se observa el mismo proceso de integración.
A este fenómeno lo conocemos como neuroplasticidad. Y aunque solemos asumir que los humanos aprendemos de manera distinta —casi glorificando el error como maestro—, quizá esta idea esté sobrevalorada. No porque el error no tenga valor, sino porque no es el principal motor del aprendizaje funcional.
Pensemos en algo cotidiano. Si vas a conducir a un lugar importante y sabes que hay una ruta que ya has recorrido muchas veces sin problema, ¿eliges ese camino o decides tomar uno nuevo “para aprender de los errores”? Lo habitual es elegir la ruta que ya conoces y te funciona. No porque ignores otras posibilidades, sino porque confías en aquello que te ha llevado antes a buen puerto.
Las personas no somos lienzos en blanco dominados por el problema. Contamos con habilidades, recursos y formas propias de responder a las dificultades. Incluso en las situaciones más complejas, siempre estamos haciendo algo para sobrevivir y adaptarnos. No somos receptores pasivos del problema; somos sistemas activos que responden.
Esta idea cobra especial relevancia en el contexto terapéutico.
Cuando la solución ya está ocurriendo
Hace poco conocí a un padre que acudió a consulta preocupado por su hija adolescente. En casa, las discusiones eran constantes, especialmente cuando hablaban de la escuela. La joven reaccionaba con gritos, portazos y silencios prolongados que dejaban al padre sin saber qué hacer.
En lugar de quedarnos únicamente en el conflicto, exploramos si había momentos distintos. Y los había.
El padre contó que, cuando la discusión escalaba, en ocasiones optaba por no insistir. Salía a caminar con su hija sin hablar del problema, se detenían a comprar un café o se sentaban en una banca del parque. Después de un rato, la conversación surgía de forma más tranquila y, muchas veces, lograban llegar a acuerdos mínimos sobre lo que seguía.
Esa estrategia funcionaba.
Sin embargo, el padre también relató que había recibido orientaciones previas donde se le insistía en que debía “poner límites firmes de inmediato”, no retirarse del conflicto y confrontar cada conducta problemática. Intentó hacerlo, pero las discusiones se intensificaron y la relación se tensó aún más.
Cuando le pregunté a la joven qué prefería, respondió sin dudar:
“Cuando salimos a caminar, puedo pensar mejor. Cuando me presionan, solo quiero huir”.
La pregunta entonces no es si la caminata es una técnica “correcta” desde un manual, sino por qué abandonar algo que ya está produciendo regulación, vínculo y avance.
Sistemas humanos, no máquinas
Los sistemas humanos se autoorganizan y se autorregulan. No funcionan como máquinas a las que se les pueda imponer un orden externo sin consecuencias. Esto implica aceptar, como terapeutas, algo incómodo pero fundamental: no controlamos las relaciones.
Lo que sí podemos hacer es influir en el contexto.
Trabajar desde esta perspectiva requiere diseñar intervenciones que respeten tres dimensiones clave:
- El contexto relacional, donde las conductas adquieren sentido.
- La autoorganización, comprendiendo la dinámica propia del sistema.
- La emergencia, facilitando que el orden surja desde la relación misma y no desde la imposición.
No se trata de decirle a una familia cómo debería funcionar, sino de crear las condiciones para que aquello que ya les funciona pueda fortalecerse y expandirse. A través de conversaciones que reconocen recursos, se construyen historias de futuro que ayudan a afrontar la incertidumbre inherente a toda relación.
La conclusión es sencilla, aunque profundamente transformadora:
Cuando algo funciona, haz más de eso.
Cuando algo no funciona, haz algo diferente.
No es necesario complicarlo más. La terapia no consiste en corregir personas, sino en amplificar lo que ya les permite vivir mejor.
Y, paradójicamente, eso requiere menos control… y más confianza en la capacidad humana de encontrar su propio equilibrio.

Comentarios
Publicar un comentario