Nasrudín siempre elije mal.
Todos los días, Nasrudín acudía al mercado a
pedir limosna. A la gente le divertía verlo y, en especial, ponerlo a prueba
con el mismo truco una y otra vez: le mostraban dos monedas, una de gran valor
y otra que valía apenas una décima parte.
Nasrudín, sin dudarlo, siempre elegía la moneda de menor valor.
La historia se extendió por todo el condado.
Día tras día, hombres y mujeres se acercaban solo para repetir el juego,
seguros de que Nasrudín volvería a quedarse con la moneda más pequeña. Y así
ocurría, siempre.
Un día, un hombre generoso, cansado de ver
cómo se burlaban de él, lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo en voz baja:
—Cuando le ofrezcan dos monedas, elija la de
mayor valor. Así tendrá más dinero y los demás dejarán de considerarlo un
tonto.
Nasrudín lo miró con calma y respondió:
—El señor tiene razón. Pero si yo eligiera la
moneda más valiosa, la gente dejaría de ofrecerme dinero para demostrar que es
más lista que yo. Usted no sabe cuánto he reunido gracias a este truco.
Y diciendo esto, Nasrudín guardó la moneda
pequeña en su bolsillo y regresó al mercado.
No tiene nada de malo pasar por tonto, si en
realidad lo que uno hace es inteligente.
Esta historia nos confronta con una idea incómoda pero profundamente útil: no toda conducta que parece ingenua es realmente ingenua, y no toda apariencia de inteligencia es verdadera sabiduría.
En la vida —y en terapia— muchas personas se
esfuerzan por demostrar que son competentes, fuertes o “correctas”, incluso a
costa de su bienestar. Nasrudín, en cambio, renuncia al reconocimiento externo
para sostener una estrategia que le funciona. No busca aprobación; busca
resultados.
Desde una mirada terapéutica, el cuento nos
invita a reflexionar:
- ¿Cuántas
veces sacrificamos lo que nos sirve por miedo a parecer “tontos”?
- ¿Cuántas
decisiones tomamos para ser bien vistos y no para estar bien?
- ¿Qué
tan dispuestos estamos a tolerar la incomodidad de no ser comprendidos?
En consulta es frecuente encontrar personas
atrapadas en la necesidad de validación: demostrar que tienen razón, que son
fuertes, que no fallan. Sin embargo, el cambio no siempre se ve elegante ni
lógico desde afuera. A veces implica hacer algo sencillo, discreto o incluso
incomprensible para otros.
Nasrudín nos recuerda que la verdadera
inteligencia no siempre necesita aplausos, y que elegir lo que nos funciona
puede ser más importante que elegir lo que impresiona.
En ocasiones, crecer implica aceptar que otros
no entiendan nuestras decisiones…
si esas decisiones nos acercan a una vida más coherente con nosotros mismos.

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