En la parada del camión


Hace unos días me encontraba en la parada de camiones y, como suele ocurrir al menos en Mexicali, no faltan las personas que se acercan a pedir apoyo para distintos centros de rehabilitación.
Uno de ellos se aproximó y me ofreció un discurso bien ensayado sobre por qué debería donar dinero: mencionó mujeres embarazadas, personas de la tercera edad y otras frases pensadas para conmover.

Yo, como buen estudiante de psicología, decidí no reforzar la conducta y respondí con el ya conocido:
—Ahorita no traigo.

El hombre dio media vuelta y se marchó murmurando algo. Quiero pensar que decía “que Dios te bendiga”, aunque nunca lo sabré.

Justo después, se me acercó otro hombre. Llevaba una mochila muy gastada de Los Rugrats y, con cierto pudor, me dijo:
—Disculpe que lo moleste. Llevo apenas unos días en la ciudad. Vengo de Estados Unidos y mi regreso no fue como lo esperaba. He estado buscando trabajo, pero no he encontrado. Me da pena pedir dinero, solo me hacen falta cinco pesos para poder tomar el camión.

No sé si su historia era completamente cierta o si la repite a muchas personas. Aun así, hubo algo en su forma de hablar que me hizo creerle. Además, eran solo cinco pesos, así que decidí dárselos.

Después de eso, el hombre se quedó a mi lado esperando el camión. Esto me generó un poco de incomodidad; apareció en mi mente un pensamiento fugaz:
“¿Y si me asalta?”

Creo que se dio cuenta, porque se apartó un poco. Pasaron algunos minutos y entonces se giró hacia mí y me preguntó con calma:
—¿Le puedo contar una historia?

Me sorprendió por dos razones.
La primera: me encantan las historias, sobre todo las que invitan a reflexionar.
La segunda: no es común que alguien, en una parada de camiones, te ofrezca una historia sin más, y menos que esta termine resonando durante tanto tiempo.

No soy especialmente creyente en lo religioso, pero lo que me contó me gustó mucho. A pesar de su tono espiritual, me hizo pensar en algo muy humano: cómo, en ocasiones, dejamos en manos de otros —o de fuerzas externas— cosas que nosotros mismos podríamos empezar a hacer.

La historia que me narró fue esta:

Un día, Jesús descendió a la Tierra acompañado de dos de sus discípulos, Juan y Pedro, para observar cómo vivían las personas. Tras caminar un rato, vieron a lo lejos a un hombre empujando una camioneta atascada en el lodo.

Juan y Pedro dijeron:
—Maestro, vamos a ver qué necesita.

Al acercarse, escucharon al hombre maldecir mientras intentaba sacar la camioneta:
—¿Por qué nunca me ayudan? ¿Por qué siempre tengo que hacer todo solo? Pinche lodo, pinche lluvia, pinche todo…

Estaba completamente enlodado, cansado y frustrado.

Jesús miró a sus discípulos y les dijo:
—Ayúdenlo.

Ellos, sorprendidos, respondieron:
—Señor, ¿no ves cómo habla? ¿Cómo se expresa de todo lo que nos das?

Jesús repitió con serenidad:
—Ayúdenlo.

Así lo hicieron. Ayudaron al hombre a sacar la camioneta, pero este se marchó molesto, sin agradecer, sin saber quiénes eran.

Continuaron caminando. Juan y Pedro avanzaban en silencio, sin comprender del todo la enseñanza.

Más adelante, vieron otra camioneta atascada. Dentro, un hombre rezaba con fervor, pidiendo a Dios que enviara a sus ángeles para sacarlo de ahí.

Juan y Pedro dijeron entonces:
—Maestro, vamos a ayudarlo.

Jesús respondió:
—No. Que se baje, que se ensucie… y luego le ayudamos.


Esto me recuerda algo que aparece con frecuencia en la vida y en terapia: la diferencia entre recibir ayuda y entregar la responsabilidad de nuestro cambio.

Pedir apoyo es humano y necesario. Nadie sale del lodo completamente solo. Sin embargo, la ayuda suele ser más efectiva cuando ya estamos haciendo algo, aunque sea pequeño, torpe o lleno de enojo. El primer hombre estaba empujando; el segundo esperaba que alguien más lo hiciera por él.

En terapia ocurre algo similar. El espacio terapéutico no es para que alguien “nos saque” del problema, sino para acompañarnos mientras aprendemos a empujar nuestra propia camioneta. El cambio suele comenzar cuando dejamos de esperar la solución perfecta, la señal adecuada o la intervención milagrosa, y damos el primer paso con lo que tenemos hoy.

A veces, el verdadero acto de confianza —en uno mismo, en la vida o en el proceso terapéutico— no es pedir que alguien más lo haga por nosotros, sino atrevernos a bajar al lodo y empezar a movernos.


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