El eco de la sesión
El terapeuta miró el reloj de la pared. Faltaban quince minutos para que terminara la sesión, pero la ansiedad de su paciente llenaba la habitación como un gas invisible, expandiéndose en cada rincón. Afuera, la lluvia caía con una insistencia casi matemática, golpeando la ventana con un ritmo irregular.
—Cuando la ansiedad aparece, ¿qué suele hacer? —preguntó el terapeuta, ajustando levemente sus lentes.
El paciente, un hombre de unos treinta y tantos, con el cabello ligeramente desordenado y una camisa azul algo arrugada, miró el suelo.
—Camino en círculos. Cierro los ojos y me repito que todo está bien, pero mi cabeza no me cree. Es como si una segunda versión de mí, más oscura, me susurrara que todo va a salir mal.
El terapeuta asintió, tomando nota en su libreta.
—¿Y si en vez de pelear con esa voz, la escuchara?
El paciente frunció el ceño.
—¿Escucharla? ¿Y si tiene razón?
El terapeuta esbozó una media sonrisa.
—Tal vez no se trata de tener razón, sino de entender por qué está ahí.
El paciente quedó en silencio, mirando un punto indefinido en la mesa entre ellos. Luego se inclinó un poco hacia adelante.
—A veces sueño con este lugar. Todo está igual, pero la puerta no tiene manija.
El terapeuta dejó de escribir.
—¿Y qué sucede en el sueño?
—Que usted y yo seguimos aquí, hablando, pero ya no sé quién hace qué pregunta. Y entonces la lluvia se detiene, el reloj se queda inmóvil y todo el consultorio se siente… vacío. Como si solo existiera en mi cabeza.
El terapeuta lo observó un momento.
—Interesante. ¿Y cómo se siente en ese sueño?
El paciente parpadeó varias veces, como si algo en su mente estuviera desenfocándose.
—No lo sé. Creo que nunca lo había pensado.
La lluvia cesó abruptamente. El terapeuta miró el reloj de la pared: las manecillas estaban detenidas. Un sonido sordo, como un eco distorsionado, vibró en la habitación.
El paciente y el terapeuta se observaron en silencio.
—Creo que la sesión ha terminado —dijo uno de los dos.
Ninguno se levantó.

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