Al borde del abismo
Sus dedos, crispados y sangrantes, arañaban la roca húmeda en un intento desesperado por aferrarse a la vida. Debajo de él, la negrura del abismo se abría como la boca de un dios hambriento. El mar rugía en la distancia, pero su sonido no era el de las olas comunes, sino un lamento antinatural, una cacofonía de voces ahogadas que susurraban su nombre en una lengua imposible.
El aire olía a sal y podredumbre, como si algo muerto y antiguo se revolviera en las profundidades. Sus brazos temblaban. El dolor en sus uñas rotas era nada comparado con la sensación abominable que subía desde la profundidad, un frío pegajoso que le acariciaba los tobillos, a pesar de que no había nada visible allí.
Trató de mirar hacia arriba, pero la lluvia golpeó su rostro con furia. No estaba seguro de cuánto tiempo llevaba colgando. ¿segundos? ¿minutos? La conciencia del tiempo se desvanecía, como si el mundo mismo se diluyera en una pesadilla sin principio ni fin.
Un roce en su pantorrilla. No el viento. No el agua. Algo más. Algo con dedos largos y membranosos que trepaban lentamente, probando su carne con una suavidad nauseabunda.
Un sollozo escapó de su garganta. Trató de subir, de buscar cualquier saliente, cualquier asidero que le permitiera escapar. Pero su cuerpo estaba entumecido, pesado… como si la misma realidad conspirara para arrastrarlo hacia abajo.
El mar se abrió con un crujido inmenso, revelando por un instante una forma titánica en la negrura, un ojo vasto y sin párpados que lo contempló con una inteligencia que no pertenecía a este mundo.
Sus dedos resbalaron.
Y cayó.

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