Hacer magia, entretener y ser mago
Un joven principiante fue a visitar a un viejo
y sabio mago y le preguntó:
—Maestro, ¿cuál es la diferencia entre hacer
magia, entretener y ser mago?
El anciano sonrió.
—Estaré encantado de enseñártelo.
Esa tarde, el viejo mago le enseñó al joven el
juego de los cubiletes. Le explicó cada movimiento con precisión y, cuando cayó
la noche, lo envió a casa con una sola indicación:
—Practícalo hasta que estés listo para
presentarlo en público.
Al atardecer del día siguiente, el joven
regresó orgulloso.
—Maestro, hoy presenté la rutina completa en
el mercado.
—Excelente —respondió el viejo—. Dime, ¿cómo
era tu audiencia?
La pregunta tomó al aprendiz por sorpresa. La
sonrisa se borró de su rostro.
—No estoy muy seguro… —admitió—. La verdad,
estaba concentrado en hacer bien el juego. Practiqué toda la noche y logré
ejecutar todos los movimientos a la perfección.
El viejo asintió.
—En ese caso, te felicito. Al ignorar por
completo a tu audiencia, has comprendido lo que significa hacer magia.
Ahora vuelve a casa, ensaya y actúa cuando te sientas listo.
Al atardecer del día siguiente, el joven llegó
corriendo, entusiasmado, casi sin aliento.
—¡Maestro! Hoy volví a presentar el juego en
el mercado. Había 27 personas. ¡Los hice reír sin parar! Aprendí el nombre de
todos.
—Excelente —dijo el viejo—. Dime entonces,
¿tus pases fueron bien ejecutados? ¿La misdirection fue lo suficientemente
convincente para cargar la fruta del gran final?
El joven, confiado, bajó un poco la voz.
—La verdad… no lo sé. Los cubiletes se caían,
las cargas se me resbalaban de los bolsillos, y tuve que convencerlos de que no
había robado la fruta. Pero se divertían… y aún recuerdo el nombre de cada
espectador.
El viejo mago sonrió.
—Felicitaciones, joven aprendiz. Al ignorar tu
técnica, ahora has aprendido a entretener.
Luego continuó:
El joven guardó silencio. Luego levantó el
mentón y dijo:
—Creo que ahora empiezo a entender.
Esta historia no habla solo de magia. Habla de
presencia.
Muchas veces confundimos hacer bien las cosas
con hacerlas con sentido. Podemos ejecutar la técnica perfecta y, aun así,
estar completamente desconectados. O podemos conectar profundamente con los
demás y perder el rumbo de lo que estamos haciendo.
Ser mago —como ser terapeuta, maestro o
incluso ser humano— no es elegir entre el control y el vínculo. Es aprender a habitar
la tensión entre ambos.
La verdadera maestría aparece cuando dejamos
de obsesionarnos con no fallar y dejamos de perdernos en agradar, y comenzamos
a estar realmente ahí: atentos a lo que hacemos y a quienes tenemos enfrente.


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