No estamos solos

Una vez leí que las lágrimas son un sistema evolutivo que usamos para avisarles a los demás que necesitamos consuelo. Una señal silenciosa que dice: acércate. Una manera muy humana de pedir que alguien nos recuerde que no estamos solos.

También leí alguna vez que en una entrevista le preguntaron a C. S. Lewis por qué leíamos. Él respondió que leíamos para recordar que no estamos solos: para descubrir que alguien antes que nosotros sintió lo mismo, pensó lo mismo, escribió lo mismo. Personas separadas por siglos que, de alguna forma misteriosa, se encuentran en la misma emoción.

Hace algunos años, a mediados de 2018, viajé a Chiapas, a un pequeño pueblo cercano al Usumacinta. Me enviaron a dar clases de psicología a una escuela de la región. Durante mi estancia me hospedé en una casa sencilla. Mis anfitrionas eran parteras. Ellas ayudaban a dar a luz a las mujeres de la región.

La casa era pequeña, de paredes delgadas. Todo se escuchaba.

Una noche llevaron a una joven que estaba a punto de dar a luz. Yo estaba en mi cuarto, en silencio, y sin querer me convertí en testigo de ese momento. Solo había mujeres acompañándola. Se escuchaban sus respiraciones, los movimientos, las indicaciones suaves pero firmes de la partera.

En un momento, la partera le habló a la joven con una calma profunda. No recuerdo las palabras exactas, pero decía algo así:

—No estás sola.

Contigo están pariendo todas las mujeres de tu linaje.

Tu madre, tus hermanas, tus tías, tus abuelas…

todas las que vinieron antes que tú

y todas las que algún día vendrán

te acompañan aquí y ahora.

Unos instantes después se escuchó el llanto del bebé.

No sé qué fue lo que me conmovió más: si las palabras de la partera o el saber que esa nueva vida acababa de llegar al mundo.

Hace poco vi la película Sinners (Pecadores) y me recordó este viaje a Chiapas por una escena en particular. Hay un momento en el que un joven que toca blues entra en una especie de trance mientras toca su guitarra. La música parece abrir una grieta en el tiempo: de pronto aparecen personas de distintas épocas y culturas bailando al mismo ritmo. Se ven miembros de una tribu ancestral, figuras que parecen egipcias, geishas, músicos con guitarras eléctricas, DJs haciendo música electrónica. Pasado, presente y futuro compartiendo el mismo pulso.

Todo conectado por la música.

Cuando vi esa escena recordé las palabras de la partera y me hice una pregunta: ¿Cómo es posible que exista esta misma intuición en lugares tan distintos? Culturas diferentes, tiempos distintos, y aun así aparece la misma idea: que de alguna forma estamos conectados.

¿Será un arquetipo? ¿Una memoria cultural? ¿O una manera humana de explicar que pertenecemos a algo más grande que nosotros?

Por alguna razón me conmueve pensar que, podemos conectar con quienes ya no están y con quienes vendrán, incluso si nunca llegamos a conocerlos.

Pienso en mi nana, que falleció hace dos años.

Era una cocinera extraordinaria. Sus platillos eran de esos que llenaban la casa de aromas antes de que uno siquiera llegara a la mesa. Cocinaba con lo esencial: chile, tomate, cebolla, ajo… ingredientes simples que, en sus manos, parecían volverse algo sagrado.

A veces, cuando le cocino a mi esposa carne con chile, siento que algo de ella sigue ahí.

Empiezo quitando las semillas de los chiles secos y los dejo caer en la olla con agua caliente para que se suavicen. Mientras tanto pelo los ajos, uno por uno, y corto la cebolla en tiras delgadas. Pongo el sartén al fuego y espero a que el aceite empiece a temblar ligeramente antes de agregar los ingredientes.

El calor del sartén me golpea el rostro.

Los chiles, el ajo y la cebolla empiezan a soltar su aroma. La cocina se llena de ese olor profundo, casi antiguo, que anuncia que algo está a punto de transformarse. Revuelvo los ingredientes con la espátula y escucho el sonido del aceite chisporroteando.

Y en esos momentos, mientras la comida se mezcla y el olor invade la cocina, a veces siento algo. Como si la mano de mi nana todavía estuviera ahí, guiando la mía.

Tal vez no sea más que un recuerdo. Pero también me gusta pensar en algo más. Que, de alguna forma, los gestos se heredan. Las recetas se transmiten. Las palabras se repiten. Que cada generación deja pequeñas señales para la siguiente. Quizá por eso necesitamos historias. Quizá por eso leemos, cocinamos, lloramos, cantamos o contamos recuerdos.

Porque todas esas cosas nos recuerdan lo mismo: que nuestras vidas no empiezan con nosotros ni terminan con nosotros. Somos parte de algo más largo, Una cadena invisible de experiencias que se tocan a través del tiempo. Tal vez por eso aquella noche en Chiapas me conmovió tanto. Porque en esa casa pequeña no solo estaba naciendo una niña. También estaba naciendo, una vez más, la certeza de que nadie llega al mundo completamente solo.

Siempre hay alguien antes.

Siempre habrá alguien después.

Y, de alguna manera misteriosa, todos estamos conectados en el mismo relato.




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