El duelo como exigencia: una reflexión crítica desde el bienestar psicológico


Actualmente me encuentro cursando un diplomado en tanatología. A lo largo de las clases, y al revisar la postura de diversos autores vigentes sobre el duelo, ha surgido en mí una preocupación desde el bienestar psicológico: lo cansado que puede resultar para el doliente no solo atravesar una pérdida, sino cumplir con todo lo que se espera de él durante su proceso.

En clase se planteó que la persona que atraviesa un duelo debe “darle sentido” a su pérdida. Esta afirmación abrió en mí una pregunta que considero fundamental:

¿la muerte tiene sentido en sí misma, o somos nosotros (como sociedad y como profesionales) quienes exigimos sentido para poder tolerarla?

Al escuchar los modelos teóricos que describen el duelo, me llamó la atención que no se trate únicamente de acompañar a alguien que ha perdido a un ser querido. Pareciera que, además de vivir el dolor, el doliente debe cumplir con una serie de tareas emocionales, cognitivas y sociales que se suman a su sufrimiento.

No solo es atravesar la ausencia y el dolor de la pérdida, sino que, además, se espera que la persona en duelo:

  1. Sea funcional en su vida cotidiana, aun cuando su mundo interno esté profundamente alterado.
  2. Le otorgue un significado a la pérdida.
  3. Pero sin racionalizarla demasiado, para no “intelectualizar” el duelo.
  4. Que ponga atención a su dolor y se permita sentirlo.
  5. Pero no en exceso, porque podría deprimirse.
  6. Pero que no lo ignore por completo, porque entonces estaría en negación.
  7. Que se enfoque en sí misma y en su proceso personal.
  8. Pero al mismo tiempo escuche a los demás, para no ser percibida como una persona “cerrada”.
  9. Que sea prudente con su dolor, guardándose ciertas cosas para mostrarse autónoma. 
  10. Pero que también las comparta, porque solo sanara si se permite compartirlo.
  11. Que busque su espacio y su tiempo para vivir el duelo.
  12. Pero no demasiado, ya que si el proceso se prolonga más de lo socialmente aceptado podría considerarse un duelo mal resuelto.
  13. Que evite mostrarse negativa ante los demás y procure una actitud positiva, para que no interpreten que está enojada con la vida.
  14. Aunque se le reconoce que “puede con eso y más”, debe dejarse ayudar.
  15. Finalmente, se espera que se convierta en ejemplo y maestro para otros, porque “no hay mejor maestro que una persona en duelo”.


Al leer esta lista de manera continua, resulta difícil no percibir el peso que se agrega a la experiencia del duelo. A este conjunto de exigencias se suma un cansancio que no proviene únicamente de la pérdida, sino del esfuerzo constante por cumplir con lo que se espera de un “buen duelo”. Este desgaste no es accidental; es producido por un discurso que, en nombre de la salud o la adaptación, termina regulando la forma correcta de sufrir.

Esto me lleva a otra pregunta:

¿en qué momento el duelo dejó de ser una experiencia humana para convertirse en una prueba que debe superarse adecuadamente?

Más que acompañar al doliente, algunos modelos parecen orientados a reducir la incomodidad social que provoca el dolor. Desde esta lógica, el problema no es la pérdida en sí, sino cuánto tiempo dura, cómo se expresa y qué tan bien se maneja frente a los demás. El riesgo de este enfoque es que el bienestar psicológico se confunda con adaptación rápida, control emocional o cumplimiento de expectativas externas.

Tal vez el problema no sea que el doliente no sabe cómo atravesar su duelo, sino que quienes acompañamos no siempre sabemos cómo estar frente a un dolor que no se puede ordenar, explicar ni transformar inmediatamente en aprendizaje. No todo sufrimiento tiene sentido, ni toda pérdida deja una enseñanza clara. A veces, el duelo es simplemente dolor, desorganización y cansancio, y eso no lo vuelve patológico.

Desde esta mirada, acompañar el duelo no implica pedirle al doliente que haga algo más, sino ofrecer un espacio donde no tenga que hacer nada adicional para que su experiencia sea válida. Tal vez el bienestar psicológico, en estos casos, no se construye desde lo que la persona logra, entiende o supera, sino desde la posibilidad de vivir su dolor sin la carga de tener que hacerlo “bien”.

Comentarios

  1. Gracias, alguien por fin lo dijo. Porque sí, aparte de estar hecho pedazos, todavía parece que hay que pasar el duelo con rúbrica, checklist y examen final.

    Cuestionemos esa presión absurda de “hacerlo bien” cuando lo único que toca es sobrevivir como se pueda: sin maquillaje, sin frases bonitas forzadas. Esto abraza más que mil manuales de cualquier diplomado.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

La última luna: una lectura simbólica

La respuesta está en tus manos