Archivo 686
Documento desclasificado del Hospital Psiquiátrico Central de Baja California.
Caso: Reflejo Vivo – Sujeto “Elena V.”
Fragmento del artículo “El Fenómeno del Reflejo Vivo”, publicado en la Revista de Anomalías Psicológicas y Culturales, agosto de 2023:
Desde el año 2012 se han documentado, en distintos países, cientos de casos de personas que aseguran haber visto a un familiar o amigo en lugares imposibles.
Una mujer de Monterrey afirmó haber visto a su hermana saludándola desde un puente… mientras ésta se encontraba hospitalizada en Canadá.
Un conductor en Oaxaca juró ver a su padre fallecido cruzar la calle con un niño de la mano.
Y una esposa en Lima asegura haber conversado con su marido horas después de enterrarlo.
En todos los casos, los testigos coinciden en lo mismo: el doble no hablaba igual, pero sonreía igual.
Los investigadores lo llaman El Fenómeno del Reflejo Vivo.
Testimonio
encontrado entre los documentos personales de la psicóloga Elena V.
(Recuperado
tras su desaparición el 31 de enero del 2024.)
-Me llamo Elena Vargas, soy psicóloga clínica, y siempre consideré estas historias como simples delirios o malas interpretaciones. Hasta que uno de esos casos tocó a mi puerta.
Todo comenzó con un correo. El remitente decía llamarse Arturo, y pedía una cita urgente conmigo.
He aprendido a confiar en mis intuiciones. Después de años escuchando las historias más oscuras del alma humana, uno desarrolla un oído interno que reconoce el peligro disfrazado de súplica. Por eso, cuando aquel hombre me escribió por primera vez pidiéndome una cita, supe que había algo extraño.
Ignoré el mensaje, pero siguió insistiendo. Decía necesitarme. No a una psicóloga, sino a mí. Usaba mi nombre con una familiaridad que me incomodaba. Lo ignoré, pero insistió. Me escribió desde otras cuentas, por correo, por redes. En una ocasión incluso envió flores a mi consultorio con una nota que solo decía:
Nos
vemos pronto. No me hagas buscarte de nuevo.
Decidí recibirlo solo para detener el acoso. Le ofrecí una cita con una tarifa excesiva —dos mil pesos por sesión— para que se desanimara. Pero aceptó sin titubear.
Aquel día pedí a una colega que se quedara en la sala de espera. Encendí las cámaras del consultorio. Cuando Arturo entró, el aire cambió. No sé explicarlo de otro modo. Era como si la temperatura hubiera descendido y el sonido se volviera más denso.
Comencé
la entrevista clínica.
Nombre,
edad, motivo de consulta.
Sus
respuestas eran correctas, pero su mirada me atravesaba como si ya conociera
cada palabra que iba a decir.
De
pronto, rompió en llanto.
—No
entiendo por qué haces esto, Elena —dijo entre sollozos—. ¿Por qué finges que
no me conoces?
—¿Perdón?
—pregunté—. Creo que me confunde con otra persona.
—¿Otra
persona? —rió con tristeza—. ¿Tres años de relación son otra persona?
¿Las
noches viendo películas? ¿Las cartas que me dejabas junto al buró?
Sentí
un vértigo extraño.
No
recordaba nada de eso, pero las palabras tenían una textura familiar, como un
sueño del que no podía despertar.
—Nunca
lo había visto antes —logré decir.
Arturo
sacó del bolsillo una fotografía.
Era
yo.
Abrazándolo.
Mi
ropa, mis lentes, mi sonrisa.
Hasta
la cicatriz sobre la ceja.
—Eres
tú —susurró—. Siempre has sido tú.
Me
levanté con el pulso acelerado.
La
puerta no abría.
Desde
el pasillo, mi colega no respondía.
Y
de pronto, la luz parpadeó.
Vi
su reflejo en el cristal del diploma colgado en la pared.
Y
detrás de él, otra figura.
Una
mujer.
Idéntica
a mí.
Pero
con ojos huecos, sin brillo humano.
Sonreía
con una ternura horrenda.
Él
se volvió hacia ella, no hacia mí.
—Regresaste
—susurró, y la abrazó.
Y
aunque estaba al otro lado del escritorio, sentí su aliento en mi cuello.
Su
perfume. Su mirada, idéntica a la mía y su voz susurrando:
—Déjalo.
Ya es mío.
Corrí.
No recuerdo cómo llegué a casa.
Solo
que esa noche soñé con una oscuridad líquida, tibia, que respiraba.
Al
día siguiente revisé las cámaras del consultorio.
Solo
aparezco yo.
Hablando
sola. Riendo. Llorando.
Nadie
más.
Pero
en el minuto treinta y siete, mi voz cambia.
Y
escucho algo que nunca he dicho:
“No
te enamores de mí. No sobreviven quienes lo hacen.”
Por
un instante, mi rostro en la grabación sonríe… y los ojos se vuelven
completamente negros.
Unos
días después recibí un correo.
Remitente:
arturodespierto@…
El
asunto decía:
“Gracias
por dejarla volver.”
Adjunto
venía una fotografía.
Yo,
dormida en mi cama.
Y detrás de mí, una silueta idéntica, mirándome con mi misma sonrisa.
Nota del investigador adjunto:
El
video de la cámara de seguridad muestra a la Psic. Vargas sentada sola durante
47 minutos, mirando al vacío y respondiendo a estímulos inexistentes.
En
el minuto 37 pronuncia la frase:
“No
te enamores de mí. No sobreviven quienes lo hacen.”
Tras
esa línea, su rostro sufre una distorsión lumínica y la grabación se corta.
El caso fue clasificado como ARCHIVO 686.
Estado actual: sin resolución.
Comentarios
Publicar un comentario