Crónica de una sobreviviente.


No recuerdo muy bien cómo empezó todo. Después del primer contacto con otra civilización la humanidad creyó haber alcanzado la cúspide de su destino. Vinieron con palabras dulces, con gestos de amistad, con regalos de conocimiento. Los llamábamos hermanos estelares. Nos enseñaron a curar enfermedades incurables, a cultivar en desiertos, a prolongar la vida. Les abrimos las puertas de nuestros hogares y les dimos asiento en nuestras mesas.

Pero pronto descubrimos el precio de su amistad.

En Jerusalén apareció la primera verdad: no buscaban aliados, sino ganado. Sus festines estaban hechos de nosotros. Vi cuerpos suspendidos en graneros de acero, niños encerrados como corderos. Comprendimos que los profetas no se habían equivocado al hablar de bestias que vendrían del cielo.

Una noche, cuando un alien alzó su cuchilla luminosa sobre un hombre encadenado, la tierra se partió con un rugido. De las profundidades emergió una figura de belleza insoportable y terror absoluto: rizos dorados, alas ennegrecidas, cuernos rotos como coronas quebradas. Blandía una espada inmensa, incandescente como hierro en el fragor del abismo.

Su voz fue trueno y lamento:

—Padre… hoy redimiré mi pecado y protegeré tu creación.

Era Lucifer, el ángel caído. Con un grito en una lengua que desgarró el aire, invocó legiones de demonios. Surgieron enjambres de sombras con alas de cuero y lenguas de fuego. No vinieron a devorarnos, sino a defendernos. Y así comenzó la guerra.

Meses de ruinas siguieron. Los invasores, con haces de energía y redes de plasma, parecían imparables. Pero los demonios resistían con una fuerza brutal, casi primitiva, que la tecnología no podía quebrar. Hasta que ellos aprendieron.

Escudriñaron monasterios y códices olvidados. Descubrieron que las oraciones no eran simples palabras, sino códigos verbales. Y hallaron en el latín una llave capaz de desgarrar a los demonios. Lo que debía salvarnos se volvió nuestra condena. Con voces metálicas, los invasores murmuraban “Pater Noster”, y las sombras que nos defendían se deshacían en polvo.

Lo vi con mis propios ojos en la plaza de Roma. Lucifer se alzó entre columnas en ruinas, su espada llameante trazando arcos que partían en dos a los invasores. Tres de ellos cayeron bajo su furia, pero entonces uno recitó con voz perfecta: “Credo in unum Deum.” La vibración de esas palabras abrió grietas en el aire. Lucifer se tambaleó, arrodillado, la sangre cayendo de su boca como fuego líquido. Sus ojos buscaron el cielo y gritó con un dolor que heló mi alma:

—¡Padre, por qué nos has abandonado!

Los demonios a su alrededor fueron arrastrados como hojas en un torbellino, desintegrados por plegarias pronunciadas sin fe. Y los alienígenas, impasibles, seguían rezando con la frialdad de máquinas que repiten un código.

Ellos nombraban a un ser antiguo, no Dios sino El Eterno Sin Rostro, al que atribuían esas llaves verbales. Para nosotros eran rezos; para ellos, fórmulas para abrir y cerrar puertas en la realidad. Cada palabra era un arma, cada plegaria un exorcismo que los acercaba más a la victoria.

Ahora escribo estas palabras en lo que queda de un monasterio destruido. Los muros agrietados todavía retienen el eco de oraciones que ya nadie osa pronunciar. He visto ciudades arder, demonios caer como ceniza, y a los invasores murmurar letanías con lenguas que jamás creyeron.

Y en medio de todo, yo también rezo. A veces por costumbre, a veces porque aún me aferro a una chispa de esperanza.

Solo sé que cuando lo hago, alguien escucha.

Y temo que no siempre sea Dios.




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