Luna Atómica.



Desperté flotando en la oscuridad, sin recordar cómo llegué ahí. Mi mente era un vacío total. No sabía mi nombre, ni mi misión, sólo que estaba solo, perdido en un vasto océano de estrellas. A mi alrededor, fragmentos de una nave destrozada se esparcían como polvo de estrellas. ¿Qué había ocurrido? No lo sabía.

Frente a mí, la luna brillaba con una intensidad extraña, bañada en un resplandor verdoso que jamás había visto antes. Algo en ella era distinto, antinatural. Me sentí atraído hacia ella, como si esa luz verde me llamara, susurrándome promesas de respuestas olvidadas.

A medida que me acercaba, un pequeño murmullo comenzó a llenar mi mente. Al principio, era solo un ruido lejano, un zumbido incesante, pero pronto se transformó en voces, susurrando en un idioma que no podía comprender. Cada palabra me invadía, retorciéndose dentro de mi cráneo, llenando los espacios en blanco donde debían estar mis recuerdos.

"¿Quién soy?", pensaba, pero la respuesta se me escapaba, ahogada por el murmullo. Los fragmentos de mi memoria parecían distorsionarse bajo la influencia de esa presencia.

Sabía que había algo—algo oscuro, antiguo, observándome. No podía verlo, pero sentía su mirada perforando mi ser. Floté más cerca de la luna, y a medida que lo hacía, comencé a recordar mi pasado.

Recordé la misión, el aterrizaje forzoso, y luego… el contacto.

Una figura esquelética, hecha de sombras y luz, que se había materializado ante mí en la superficie lunar. No tenía forma definida, pero sus ojos—si es que eran ojos—brillaban con la misma luz verde que ahora bañaba a la luna.

Había tocado mi mente, hurgando en lo más profundo de mi psique, desintegrando mi identidad como si fuera polvo cósmico. Me había dejado vacío, perdido en un mar de estrellas sin un ancla a la realidad.

Ahora, esa presencia estaba en todas partes, en la luna, en las estrellas, incluso en mi propio cuerpo, impregnando cada célula, cada pensamiento.

Mientras flotaba, la luna comenzó a cambiar.

El resplandor verde se intensificó hasta que todo lo que pude ver fue ese brillo atómico, absorbiéndome…consumiéndome todo.

Sentí que mi cuerpo se desintegraba, fundiéndose con la luz, convirtiéndome en parte de ella.

Finalmente, comprendí.

Yo era la luna ahora, una cárcel luminosa para la presencia que me había atrapado.

Pero en mi nueva forma, ya no temía.

Ahora, yo también podía observar.

Y sabía que, algún día, otro incauto se acercaría demasiado, atraído por la luz verde, y yo estaría allí, esperando, para comenzar de nuevo.

La luna atómica nunca estaba sola.


Comentarios

Entradas populares de este blog

La última luna: una lectura simbólica

La respuesta está en tus manos

El duelo como exigencia: una reflexión crítica desde el bienestar psicológico