Cuando el reto no da miedo


¿Se han dado cuenta de que la mayoría de los niños, de manera natural, tienen una actitud positiva ante los retos? Desde la psicología, esta disposición resulta especialmente reveladora: el niño se aproxima a lo desconocido con curiosidad, no con anticipación de fracaso. El error no amenaza su valor personal; forma parte del proceso de aprender.

Con el desarrollo, esta relación con el reto suele modificarse. No porque los desafíos aumenten, sino porque el entorno comienza a vincular el intento con la evaluación, el error con la desaprobación y el desempeño con la aceptación. Poco a poco, la motivación intrínseca cede espacio al miedo a equivocarse, y la exploración se vuelve cautela.

La pregunta entonces no es qué necesitan aprender los niños para enfrentar mejor la vida adulta, sino qué condiciones necesitan para no perder lo que ya poseen. Adultos que sostienen el vínculo aun cuando hay errores, que validan el esfuerzo más que el resultado y que modelan una relación flexible con la frustración, permiten que esa actitud inicial ante el reto no desaparezca, sino que se consolide como una fortaleza psicológica duradera.

En este sentido, el libro Nunca es tarde para una infancia feliz, de Ben Furman, ofrece una mirada profundamente esperanzadora: nos recuerda que las experiencias correctivas, los contextos de apoyo y las conversaciones orientadas a soluciones pueden reparar aquello que no se cuidó a tiempo. No solo es una lectura valiosa para padres y educadores, sino también para cualquier adulto que desee reconciliarse con su propia manera de enfrentar los retos.

 

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