El origen de nuestro calendario


Nuestro calendario actual fue nombrado por los romanos, pero en gran medida heredado de los egipcios, quienes ya habían observado con gran precisión el movimiento del Sol y la duración del año.

Un dato curioso es que lo que hoy conocemos como 1.º de enero, para los romanos no marcaba el inicio del año.
Durante mucho tiempo, el año romano comenzaba el 1.º de marzo.

Marzo estaba consagrado al dios Marte, dios de la guerra, lo cual no es casual: el inicio del año coincidía con el comienzo de las campañas militares y el despertar de la actividad tras el invierno.

Después venía abril, del latín aperire, que significa abrir. Este mes se asociaba con la apertura de las flores, la fertilidad y la llegada de la primavera.

Mayo estaba dedicado a los maiores, es decir, a los ancianos, a los mayores de la comunidad, reconociendo su experiencia y autoridad.

Junio rendía homenaje a Juno, diosa protectora del matrimonio, de las mujeres casadas y de los embarazos.

Más adelante, algunos meses cambiaron de nombre por razones políticas.
Julio fue nombrado en honor a Julio César, y agosto a César Augusto.

Los meses siguientes conservaban una lógica numérica clara:

  • Septiembre era el séptimo mes (septem),
  • Octubre el octavo (octo),
  • Noviembre el noveno (novem),
  • Diciembre el décimo (decem).

Con el tiempo, el calendario se reorganizó y se añadieron dos meses al inicio del año.
Enero, dedicado al dios Jano (Ianuarius), dios de las dos caras, simbolizaba la reflexión: una mirada al pasado y otra al futuro.
Febrero, el último mes del año para los romanos, estaba consagrado a Februus, dios de los rituales funerarios, la purificación y los difuntos.

Fue también entonces cuando los romanos notaron que el año no duraba exactamente 365 días, sino 365 días y seis horas. Para corregir ese desfase, decidieron añadir un día extra cada cuatro años al final del año, es decir, en febrero.
A ese año se le llamó bisexto —porque acumulaba cuatro veces seis horas—, término que con el tiempo derivó en lo que hoy conocemos como año bisiesto.

Tal vez no sea casual que el calendario comience hoy con enero, el mes dedicado a Jano, el dios de dos rostros: uno mirando hacia atrás y otro hacia adelante. El tiempo, desde sus orígenes, no fue pensado solo como una sucesión de días, sino como un espacio para recordar, cerrar y volver a empezar.

Que febrero, el mes de los difuntos y la purificación, haya sido durante siglos el último del año, también dice algo de nosotros: antes de iniciar un nuevo ciclo, era necesario despedirse, limpiar, soltar. No se podía avanzar sin antes reconocer lo que terminaba.

Incluso el año bisiesto parece recordarnos que el tiempo no es perfecto ni exacto. Siempre hay un pequeño desfase, un exceso, algo que no encaja del todo. Y quizá ahí reside su sentido: la vida no avanza de manera lineal ni ordenada; necesita pausas, ajustes y correcciones.

Tal vez medir el tiempo nunca fue solo una cuestión astronómica, sino una forma de darle sentido a la experiencia humana. Nombrar los meses, dedicarlos a dioses, a la guerra, a la vida, a la muerte o a la reflexión, fue una manera de recordarnos que cada ciclo trae su propia tarea.

Y quizá, aún hoy, cada inicio de año nos enfrenta a la misma pregunta silenciosa que Jano parece formular desde su doble mirada:
¿qué vale la pena llevar conmigo al futuro y qué necesito dejar atrás para poder avanzar?

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