Eureka antes del examen
Recuerdo con claridad el nerviosismo de ese
día. Todos mis compañeros —incluyéndome— estábamos tensos. Aún tengo grabada la
imagen del profesor pidiéndonos que guardáramos todo y dejáramos únicamente un
lápiz y un borrador sobre el mesabanco. Repartió los exámenes boca abajo al
primero de cada fila, se colocó al frente del salón y nos recordó lo importante
que era esa evaluación para nuestro futuro inmediato.
Justo antes de pedir que los exámenes se
repartieran hacia atrás, se detuvo. Guardó silencio unos segundos y comenzó a
contarnos una historia. No era una instrucción, ni una advertencia. Era una
anécdota sobre Arquímedes.
Contó que un rey había mandado fabricar una
corona de oro y pidió a Arquímedes comprobar si realmente estaba hecha solo de
ese metal o si el orfebre había agregado plata. El reto era claro: debía
resolverlo sin dañar la corona.
Arquímedes pensó y pensó, sin encontrar
solución… hasta que un día, al entrar a la bañera, notó que el nivel del agua
subía. En ese instante comprendió que el volumen de un objeto podía medirse por
el agua que desplazaba. Si dividía el peso de la corona entre el volumen de
agua desplazado, podría conocer su densidad y saber si era oro puro.
Cuenta la leyenda que el descubrimiento lo
emocionó tanto que salió corriendo desnudo por las calles gritando:
“¡Eureka!”
—¡Lo he encontrado!
Así, explicó el maestro, fue como se descubrió
el Principio de Arquímedes.
Hasta hoy no tengo claro cuál fue la intención
exacta del profesor al contarnos esa historia justo antes del examen. Tal vez
quiso relajarnos. Tal vez quiso recordarnos que los grandes descubrimientos no
siempre surgen del esfuerzo forzado, sino de la observación tranquila. O quizá
fue una forma elegante de decirnos que, por más que estudiáramos, siempre
sabríamos mucho… de casi nada, como diría mi amigo Forrest Gump.
(Por cierto, obtuve un 80 en ese examen, que
para mí equivalía a un 100 con otros maestros).
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