Eureka antes del examen


En el año 2008, cuando cursaba el sexto semestre de preparatoria y la graduación ya se asomaba en el horizonte, me enfrenté a mi último examen de Física Aplicada, materia impartida por el Mtro. Gándara, un profesor con fama de ser estricto… fama que confirmó durante todo el semestre (un saludo al maestro, si es que algún día lee esto).

Recuerdo con claridad el nerviosismo de ese día. Todos mis compañeros —incluyéndome— estábamos tensos. Aún tengo grabada la imagen del profesor pidiéndonos que guardáramos todo y dejáramos únicamente un lápiz y un borrador sobre el mesabanco. Repartió los exámenes boca abajo al primero de cada fila, se colocó al frente del salón y nos recordó lo importante que era esa evaluación para nuestro futuro inmediato.

Justo antes de pedir que los exámenes se repartieran hacia atrás, se detuvo. Guardó silencio unos segundos y comenzó a contarnos una historia. No era una instrucción, ni una advertencia. Era una anécdota sobre Arquímedes.

Contó que un rey había mandado fabricar una corona de oro y pidió a Arquímedes comprobar si realmente estaba hecha solo de ese metal o si el orfebre había agregado plata. El reto era claro: debía resolverlo sin dañar la corona.

Arquímedes pensó y pensó, sin encontrar solución… hasta que un día, al entrar a la bañera, notó que el nivel del agua subía. En ese instante comprendió que el volumen de un objeto podía medirse por el agua que desplazaba. Si dividía el peso de la corona entre el volumen de agua desplazado, podría conocer su densidad y saber si era oro puro.

Cuenta la leyenda que el descubrimiento lo emocionó tanto que salió corriendo desnudo por las calles gritando:
“¡Eureka!”
—¡Lo he encontrado!

Así, explicó el maestro, fue como se descubrió el Principio de Arquímedes.

Hasta hoy no tengo claro cuál fue la intención exacta del profesor al contarnos esa historia justo antes del examen. Tal vez quiso relajarnos. Tal vez quiso recordarnos que los grandes descubrimientos no siempre surgen del esfuerzo forzado, sino de la observación tranquila. O quizá fue una forma elegante de decirnos que, por más que estudiáramos, siempre sabríamos mucho… de casi nada, como diría mi amigo Forrest Gump.

(Por cierto, obtuve un 80 en ese examen, que para mí equivalía a un 100 con otros maestros).




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